lunes, 2 de junio de 2014

Aprendiendo a amar con arena en los pies

Empezar a amar es difícil, es duro cuando el amor ha sido el peor miedo que se anida en el corazón, cuando lo que más dolería sería que nadie quiera compartir esto con una o que si lo hacen, hagan daño y se vayan. Decir te amo es aún más complicado, cuando quiere salir y te aprieta la garganta y se ahoga en un suspiro. No sé cómo he llegado aquí ni cómo fue el día que empecé a sentirlo quemar dentro de mí y se iba expandiendo como una luz blanca y tibia que recorría mi cuerpo. No sé en la mirada de quién descubrí que esa leyenda de verdad existía, que en un abrazo cálido podía fundirme con alguien y no temer a que me hiciera daño, pues me entregaba como era y esa persona hacía lo mismo conmigo. Amar, se supone que es el mayor goce y realmente no podría decir que estoy viva o que me recupero sin antes haber sentido este despertar dentro de mí.
Este inicio de amar, no sé por qué lo relaciono con mis pies, aprender a amar se siente como haber tenido siempre los pies cubiertos y que de un pronto a otro te quitaran los zapatos en la arena y quedaras descalza, con los pies vulnerables al calor o la humedad de la arena y conforme se va tomando confianza, también los besos del mar. Esa sensación de novedad, de cosas que sentís y que jamás habías tenido la oportunidad de conocer, sensaciones maravillosas y esenciales que llenan de recuerdos sobre esa mágica primera experiencia. Por lo pronto me paro frente al mar y de a pasitos me atrevo a irme acercando, ganando confianza para permitir al mar que roce mis pies con su calidez, con su fuerza, sus olas y su canto milenario.
No sé si sólo yo soy nueva en este asunto de amar. De amar, yo conscientemente amo a tres personas y muero de miedo cuando tengo que decírselos, puedo escribirlo, puedo decirlo con la mirada o con un abrazo, pero por más que me quemen las entrañas no puedo decirlo. He notado que amo la mirada de estas personas y su sonrisa, aquella que nace de verdad, no la fingida. Me gozo viendo esos ojos sonreír, sonreír con el corazón, fundirme en un abrazo y no esperar una palabra a cambio. Cuando lo he escrito las personas se han quedado anonadadas, puesto que creo que ellas también lo sienten por mí, pero no pueden decirlo, igual que yo. Hace mucho tuve un sueño donde de estas personas aparecía una de ellas, me tomaba de las manos y esparcía tinta en mis palmas, entonces nos brotaba una enredadera en los brazos a ambas, de flores rojas con el centro amarillo, como hibiscos. Esa enredadera era tranquila, cálida, de esas que llegan a sostener las paredes juntas con el fin de que no se rompa y que con el tiempo la pared y ellas se hacen una sola.
No es de extrañarse que aprender a amar me sea difícil, porque las personas que yo conocía no eran capaces de decirlo, era más bien un signo de debilidad. Yo por mi parte he descubierto que el amor libera e inunda de paz, de calor el alma. Un sólo mensaje o palabra, gesto, puede lograr que el día mejore con el amor, eso quita el miedo, disminuye el dolor y acompaña en los caminos más difíciles, incita vivir, mantiene la chispa encendida aún en el cuarto más oscuro y en la desesperanza más fuerte.
Me pregunto cuánta gente sentirá una conexión con alguien que vaya más allá de un vínculo, que la convierta en familia directa o no, que la consideres una hermana postiza o no o muchos otros tipos de vínculo. Yo sólo sé que tres de mis vínculos van más allá, por ahora son tres que no pertenecen al flujo de sangre que corre por mis venas, sino por la energía que conecta almas.
La primera de estas almas, se une a mí de una y mil maneras, su ausencia es contada por los segundos y su compañía nunca es suficiente, me acompaña de todas manera y me llena el corazón, como si me fuera a explotar, en su regazo me deja descansar como a la sombra de un árbol me puedo acurrucar y soy feliz, feliz de haberme abierto a aprender a dar amor. Mi alma se conecta a la suya de maneras que no entiendo, pero que al fin y al cabo no es por cuestión de entender, sino de sentir y aceptar. Entre los rayos del sol se cuela lo dorado de nuestra historia, la recupero de la Tierra y aunque no entienda muy bien cómo es que ha pasado el tiempo, me hace sentir viva cuando ya muchas veces he querido dejar ir todo lo que había soñado y darme por vencida.
Una de ellas en especial, es a la que siento más cerca de mi alma, siento como se entreteje mi alma con la suya, puedo ver finos hilos índigo, morados, celestes y lilas que unen su alma con la mía y de alguna manera sé que la historia se mantendrá viva por mucho tiempo. Esta historia empezó el día que conocí a esa alma y desde ahí supe que la quería en mi vida. La amo. Recientemente me di cuenta de ello, de que las batallas aunque una las pelee, siempre necesitará un consejero que escuche, que emita algún tipo de acción, pero que esta acción del querer crecer, se dé con amor. El proceso no ha sido unidimensional, aunque temo con toda mi alma que se aburra de mí, que crea que soy molesta o necia y se quiera alejar de mi vida. Yo quiero que siga siendo mi invitada y yo la suya en este interjuego de derribar murallas suyas y mías y crear lazos como el de la enredadera donde se envuelve con calidez, pero con tal seguridad que lo construido no pueda desmoronarse tan fácil.
Otra de las almas que amo, se une en mi vientre, me llena, me invade con un oleaje de profundidad, de satisfacción, de una hermandad que no se formó en el vientre de una madre humana, sino de una madre Tierra que nos unió de alguna forma en su juego infantil llamado destino. Se siente como un juego nuevo, como un despertar, como energía que hala para lados distintos con el propósito de crear.
Con arena en los pies aprendo a amar, se siente granuloso, huele salado y se siente húmedo y caliente a la vez. Nunca antes había sentido esto dentro de mí, nunca había sentido lo que había bajo mis pies y como esto me acerca más a mis orígenes, a quién soy en realidad y a cómo me uno con un todo. Aprendo, la arena se mete entre mis dedos y estoy más cerca de la costa, las olas empiezan a tocar mi dedo gordo y ahí me quedaré, hasta que avance un poco más cuando esté lista. Quizás sea de lo que más miedo me da, pero quiero aprender, quiero vivir porque esto que más miedo me da, es lo que me trae el mayor bienestar, me inyecta de vida y me hace comprender por qué el miedo se quita con amor o que el amor mueve montañas. Amar con arena en los pies, dándome la libertad de sentir, donde esa sensación es mía y no quiero dejarla partir.