jueves, 20 de enero de 2011

Flores blancas

En el jardín trasero de mi casa solía ver unas hermosas flores blancas. Floreaban sólo una vez al año, por ahí de la época de mi cumpleaños y duraban alrededor de una semana. Me gustaba ver cómo salían los botones, verlos despertar y lentamente verlos marchitarse y morir... Se ponían cafés y caían al suelo vencidas por la fuerza de gravedad...

Nunca supe cómo se llamaba esa flor, pero la esperaba con ansias. Decía que era el regalo especial de la naturaleza hacia mí. Un día quise poseer una de ellas, mas mi desilusión fue grande al ver que esa misma tarde la flor ya había muerto en mis manos. Comprendí lo que decía mi madre, todo en su hábitat es bello... Pensaba en la flor, imaginaba que algún día tendría un vestido tan hermoso como aquella flor.

Pasé toda mi infancia en aquel jardín. Crecí entre flores y árboles, mirando la transición de la época seca a la lluviosa, de los árboles sin hojas y sin flores a los deliciosos aromas de las flotes de azahar que luego traían con ellas los frutos de una nueva cosecha...

En las ramas de un árbol se entretejió mi primera amistad y en el lodo, cerca de la tierra, creció mi imaginación. Soñaba con mundos maravillosos y hablaba con aquello que me rodeaba...

Los años hicieron lo suyo y dejé de jugar en el lodo, trepar árboles y dormir en la hierba... Justo el día que salí de nuevo a regar el jardín, faltaba poco más de un mes para mi cumpleaños y me di cuenta que aquellas flores ya no existían más. El tiempo pasó y ni cuenta me di, no noté cuánto había cambiado todo hasta aquel día

martes, 18 de enero de 2011

¿Cuánto dura el para siempre?

Para siempre... Esa frase trillada y cursi que promete eternidad y seguridad a la vez. No recordaba la última vez que aquellas palabras habían salido de su escéptica boca. Ya no creía en el significado de esa serie de letras, ni mucho menos en sus aportes e impacto en la vida cotidiana... Todo en realidad era un minuto, una fracción de la vida... Efímero, todo tenía un final. Desde aquel día la pregunta se repetía en su mente: ¿Qué es siempre?

Buscó en el diccionario, herramienta que le parecía muchas veces inútil y otras sumamente una gran ayuda. Decidió darle el beneficio de la duda a aquel libro grueso y pesado que reposaba en su buró. Siempre: "En todo o en cualquier tiempo.Perpetuamente". La respuesta no satisfizo su necesidad de saber el verdadero significado de aquella palabra que aturdía su mente... Buscaba y buscaba diversas respuestas en su mente, situaciones en las que hubiera dicho el conjunto de letras, contextos, todo aquello que la relacionara a cosas de un pasado. ¿Continuidad? No, la verdad no era un sinónimo...

Observaba en la calle, ponía atención a lo que los demás decían... Escuchó frases de todo tipo, las anotó en papel y decidió investigar un poco a través del tiempo la duración y el efecto de "siempre". "Te amaré por siempre", le hizo una verdadera gracia en las parejas jóvenes y se daba cuenta que al cabo de algún tiempo determinado, la relación rompía... ¿Y el por siempre? "Amigos por siempre", otra frase que causó revuelo en el escepticismo de su mente, esperó para ver los resultados y al cabo de una cantidad de tiempo, el lazo se rompía por cualquier idiotez y seguía pensando...¿Y el por siempre dónde queda? "Siempre ...", todo terminaba por cambiar con el tiempo...

Las palabras acababan por no tener sentido la gran mayoría del tiempo o tal vez las personas habían perdido la noción del uso del concepto y lo usaban como si fuera normal, si el sentido se hubiera perdido por completo y dejara de ser especial... ¿Debían las palabras ser tomadas por su definición literal o cada quien le ponía un poco de gracia? No comprendía. Confusión, un filtro de emociones le indicaba que su cordura peligraba y que debía encontrar la respuesta que su mente tanto buscaba.

Días resolviendo el infeliz acertijo que no le dejaba en paz. Pensó en lo que había hecho y quiso analizar las situaciones de manera no tan inflexible. Combinó variables, relacionó eventos e investigó acerca otras palabras que se unían a aquella otra de siete letras. ¿Promesa? Calificaba. ¿Añoranza? También. ¿Cuentos de hadas? ¡Por supuesto! Ahí estaba la respuesta. Desde niños se nos vende la idea que la felicidad es eterna, que todo dura hasta el fin de los tiempos. Cuando la verdad es el tiempo el que le pone fin a las cosas junto con las acciones de los seres humanos.

Al descubrir esta verdad, su teoría estaba completa. El por siempre, dependía de cada quién. Era una utopía de eternidad, una promesa al corazón de seguridad, una palabra graciosa que cada uno utilizaba en ciertas ocasiones sin esperar sus repercusiones. Por otra cantidad de tiempo indefinido caviló y unió los hilos de lo que deseaba fuera su propia definición de por siempre. Siempre: Cantidad de tiempo indefinida con inicio y final físico...Pero quizás muy adentro en la consciencia, en el alma o la mente, sí cumplía con su sentido literal...

Flores blancas

Pasé toda mi infancia en el jardín trasero de mi casa. Crecí entre flores y árboles, mirando la transición de la época seca a la lluviosa, de los árboles sin hojas y sin flores a los deliciosos aromas de las flores de azahar que luego traían con ellas los frutos de una nueva cosecha...En las ramas de un árbol se entretejió mi primera amistad y en el lodo, cerca de la tierra, creció mi imaginación. Soñaba con mundos maravillosos y hablaba con aquello que me rodeaba...

Me gustaba todo lo que había pero en especial había algo que adoraba,solía ver unas hermosas flores blancas. Floreaban sólo una vez al año, por ahí de la época de mi cumpleaños y duraban alrededor de una semana. Me gustaba ver cómo salían los botones, verlos despertar y lentamente verlos marchitarse y morir...Ver cómo de verde, pasaban a blanco y luego se iban poniendo cafés y caían al suelo vencidas por la fuerza de gravedad...

Nunca supe cómo se llamaba esa flor, pero la esperaba con ansias. Decía que era el regalo especial de la naturaleza hacia mí, con toda mi alma la deseaba, quería tenerla en un mausoleo sólo para mí...Un día quise poseer una de ellas a tal punto que la saqué de su libertad, mas mi desilusión fue grande al ver que esa misma tarde la flor ya había muerto en mis manos. Ese día lloré por la flor, por mi egoísmo y en mis lágrimas de niña inocente no comprendía...

Los años hicieron lo suyo y dejé de jugar en el lodo, trepar árboles y dormir en la hierba... Justo el día que salí de nuevo a regar el jardín, faltaba poco más de un mes para mi cumpleaños y me di cuenta que aquellas flores ya no existían más. El tiempo pasó y ni cuenta me di, no noté cuánto había cambiado todo hasta aquel día...Aunque en parte, habían cosas que eran como aquellas flores.

En aquel tiempo conocí a mucha gente, algunos se fueron, otros quedaron. Ese pequeño puñado que se quedó a mi lado se convirtió en la imagen idealizada de mi flor blanca. Sus sonrisas, los momentos en que solían sorprenderme con pequeños cambios de vez en cuando, las peleas y las despedidas...Nunca intenté,ni intento poseer a ninguno, para mí cada uno era el reflejo de mi planta infantil. Por fin entendía lo que había dicho mi madre el día que lloré desconsoladamente por mi planta: La belleza de la flor radica en su libertad.

Lo más bello en la vida es mejor cuando está libre y donde pertenece, una vez que intentas poseerlo, su belleza se marchita y muere y queda un enorme vacío...Culpa... En cambio cuando está libre, lo admiras, lo disfrutas, amas su belleza y esa imagen es tuya para siempre...Tanto es así que aquellas flores siguen siendo mías en mi memoria y lo serán para siempre... ¿Cuánto dura el para siempre? No lo sé, sin embargo prefiero poseer un recuerdo que no haber poseído nada jamás...

lunes, 3 de enero de 2011

Sola

Recuerdo la lluvia cayendo suave en mi rostro y densas lágrimas bajando por mis mejillas. Todo giraba rápidamente y deseaba simplemente desvanecerme ahí mismo, frente a aquel hoyo negro en la tierra que se la llevó para siempre. Sola. El viento soplaba y estaba sola, se había ido y ahí estaba, en medio de un mar de gente, pero al fin y al cabo, sola. Era insoportable, posiblemente no veía las cosas claras y me sentía así; una posibilidad, pero ya ella no estaba ahí, ya no la volvería a abrazar ni podría hablarle...Sólo podía decir que la extrañaba.

Fuera del camposanto me prometí volver cuando me sintiera mejor, cuando ya no me doliera tanto decir adiós. Pasos rápidos, mirada apagada que fue seguida de una larga angustia en mi habitación. Silencio. Necesitaba paz. No podía hablar del tema, no quería salir del hueco en el que había entrado, no me podían hacer salir. Cubría las bolsas bajo los ojos con maquillaje y cucharas heladas, cubría el dolor con una sonrisa y al volver a casa, seguía siendo yo, con el corazón hecho añicos...

Sonaba el timbre todos los días a la misma hora. La misma voz masculina al otro lado del intercomunicador, las mismas palabras de mi madre diciendo que no me sentía bien para salir. Encerrada por gusto, prisionera de mis propias emociones. Leía para no enloquecer o enloquecía de a poco para aniquilar lo que sentía. Los días se hacían largos e interminables, tareas, libros, exámenes. El sufrimiento era sólo una tarea más que eliminar, por erradicar de una sola vez. El veneno que marchitaba la tierna sonrisa que alguna vez tuve. Lloviera, hiciera frío, calor, lo que fuera, la voz siempre volvía y las palabras de mi madre eran las mismas, hasta que un día salí en pijama y con los ojos bajos dije que estaba ocupada que otro día sería...

Al fin logré salir, un poco herida todavía y sentí de nuevo el sol en mis brazos, el viento en mi rostro. Un saludo calentó mi corazón y pude abrirme de nuevo. Fueron días interesantes, poco a poco me fui sanando hasta que sonreí de nuevo, que pude reír de verdad. Ya no estaba como aquel día en el cementerio, tenía a alguien con quien compartir. Pronto el tiempo se encargó de lo suyo. De repente lo que sentí que no podía extrañar, comenzó a desvanecerse. Odio las despedidas y siempre las odié, muchos adiós dije; sin embargo a este último no me resignaré.

No puedo verte partir sin decir nada, no puedo dejarte ir después de que te quedaste cuando todo el mundo se fue. Cuando el timbre sonaba, sabía que no estaba sola, que comprendías que no estaba bien. Una parcela de mi dolor te la llevaste y en cada sonrisa me cambiaste derritiendo el hielo que tenía dentro... Ahora no quiero verme de pie, sola frente a una calle vacía, donde el viento me diga pudiste haber hecho algo y las lágrimas vuelvan a correr... No quiero vivir otro duelo en donde yo sepa que pude haber cambiado las cosas, no quiero, no puedo volver a ese cuadro infeliz...No quiero estar sola esta vez.