En el jardín trasero de mi casa solía ver unas hermosas flores blancas. Floreaban sólo una vez al año, por ahí de la época de mi cumpleaños y duraban alrededor de una semana. Me gustaba ver cómo salían los botones, verlos despertar y lentamente verlos marchitarse y morir... Se ponían cafés y caían al suelo vencidas por la fuerza de gravedad...
Nunca supe cómo se llamaba esa flor, pero la esperaba con ansias. Decía que era el regalo especial de la naturaleza hacia mí. Un día quise poseer una de ellas, mas mi desilusión fue grande al ver que esa misma tarde la flor ya había muerto en mis manos. Comprendí lo que decía mi madre, todo en su hábitat es bello... Pensaba en la flor, imaginaba que algún día tendría un vestido tan hermoso como aquella flor.
Pasé toda mi infancia en aquel jardín. Crecí entre flores y árboles, mirando la transición de la época seca a la lluviosa, de los árboles sin hojas y sin flores a los deliciosos aromas de las flotes de azahar que luego traían con ellas los frutos de una nueva cosecha...
En las ramas de un árbol se entretejió mi primera amistad y en el lodo, cerca de la tierra, creció mi imaginación. Soñaba con mundos maravillosos y hablaba con aquello que me rodeaba...
Los años hicieron lo suyo y dejé de jugar en el lodo, trepar árboles y dormir en la hierba... Justo el día que salí de nuevo a regar el jardín, faltaba poco más de un mes para mi cumpleaños y me di cuenta que aquellas flores ya no existían más. El tiempo pasó y ni cuenta me di, no noté cuánto había cambiado todo hasta aquel día
No hay comentarios:
Publicar un comentario