Típica tarde de agosto. La lluvia se esbozaba en el horizonte y amenazaba con caerle a la gente que caminaba apresuradamente por la abarrotada calle. De nuevo no traía su paraguas y trataba de no preocuparse por el aguacero que le descendía encima, pero el agua comenzaba a traspasar insistentemente su camisa negra y ahora sí se preocupaba por los libros que llevaba en las manos. Se refugió en un café a esperar que al menos la lluvia amainara un poco y aunque era un poco tarde, nunca lo era para una taza de café...
Sentado, miraba a la gente pasar, miraba la hora en el reloj. ¿Qué caso tenía? No tenía que llegar a ninguna parte esa noche. Seis y quince, escuchó a un hombre decirle a una joven en la calle. La chica iba completamente empapada y aún así, sonreía. Sintió un poco de envidia, no era envidia realmente, pero no había otra palabra para describirlo. Ciertamente el café sabía mejor en compañía de alguien más, endulzado con risas o silencios de aquellos que hablan por sí mismos; esta vez la bebida sería placentera y solitaria...Sería como un viejo amigo que con una sonrisa y un abrazo calma el frío del alma...
Por lo general nunca había odiado los días grises, sin razón alguna parecía despreciar este día. Recuerdos comenzaron a aflorar cuando el olor de la caliente bebida penetró su nariz, infancia, adolescencia... Esperaba, algo incierto esperaba. Una voz que le pareció familiar le hizo voltear, pero sólo fue un fantasma de una risa pasada, una vaga carcajada que se perdió en medio de las voces de los presentes. Comienzo a alucinar, se dijo a sí mismo.
De repente la lluvia cesó y se dispuso a caminar. Se levantó y se marchó. Era un poco despistado y sabía que algo le hacía falta, puesto que le parecía no llevar tanto peso como cuando se sentó en aquel lugar. Seguía pensando y revolviendo aún más su arremolinada mente. Desearía una caja de marcadores mágicos, suspiró, para pintar un poco este descolorido día.¡Espere! ¡Hey espere! ¡Rayos, camina muy rápido!
Jamás pensó que aquellas palabras iban dirigidas a él, pero cuando sintió una respiración agitada detrás de él, supo que todos aquellos gritos eran para él. Disculpe, se le olvidó... Ambos quedaron en silencio, ya que se conocían de antes y tal vez un simple olvido había hecho que volviesen a verse. Hola. Hola, al parecer sigues siendo un olvidadizo; dejaste estos libros en el café, me has hecho correr.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de la muchacha con los libros en la mano y un nudo en la garganta se creó en el tipo. Tanto tiempo, ¿no? Has cambiado mucho, no te reconocí allá. ¿Por qué no me respondes? Vamos, no estoy tan genial, dijo ella mientras soltaba una rítmica carcajada. Perdón, respondió. No tengo nada que perdonarte, nunca te reproché nada. Una chispa se asomó en sus ojos y compartió una sonrisa. Gracias. No, de verdad, gracias a ti, corrí como hace años no lo hacía.
En silencio se dio media vuelta y deseó seguir... ¡Oye! De nuevo su mirada se encontró con la de la sonriente chica. ¿Podrías telefonearme alguna vez, ya que no contestas nunca? Extraño salir contigo. El nudo en su garganta se deshizo y por fin articuló: Está bien, ¿el número de siempre? Te llamo luego, lo prometo. Ella rió y dijo: Perfecto, espero tu llamada, esta vez cumple o tendré que darte una lección. Le guiñó el ojo y se marchó de la misma manera que lo recordaba, entre pasos cortos y apresurados y cierta forma extraña de danza...
Aquella plática había sido suficiente para cambiar su día. Había sido la caja de marcadores que había deseado momentos atrás y que finalmente había agregado un poco de color a su día. Se descubrió sonriendo por primera vez en semanas y sintió que por fin un poco de sí mismo había vuelto a estar como debía, parte de su mundo ya no estaba cabeza abajo. ¿Una caja de marcadores? Se repetía en silencio... Definitivamente cierta gente siempre lo sería...