¿Te agrada escribir,verdad? La misma pregunta estúpida de siempre, con el mismo tono sarcástico y en el mismo lugar...Las piernas recogidas, el lápiz en la mano y la mirada perdida. Bajó sus lentes y le dirigió una fría mirada al otro. Quería estar en paz. El papel blanco, lentamente se volvía gris con todas aquellas palabras, con todas aquellas emociones... La música barroca se escuchaba al fondo y escribía: regálame una sonrisa de papel, una palabra que demuestre que me entiendes...
Posiblemente guardara el libro por ese día, soñaba con algún día hacer feliz a alguien con sus palabras, con hacerle saber que había mundos maravillosos por conocer en la mente de cada quien y eran hermosos por descubrir... No es obligación conocer a nadie, no es obligación creer en las palabras, mas sabía cómo distinguir una sonrisa falsa de una verdadera. Una vez le habían preguntado de niño, ¿qué deseas tú? Deseo hacer felices a las personas. Ese no es un deseo ambicioso, niño. No conforme con esa respuesta el adulto se marchó, sin embargo nada cambiaba la idea loca del niño, hacer felices a las personas, ¿cómo?
Todos los días escribía un poco más, pensaba que con lo que observaba y convertía en historias podía mostrar que las cosas no eran blancas o negras, sino que tenían colores. Descubrió que las personas siempre iban a esperar algo de él, quizás algo que no podía dar o algo que no era. También al crecer supo que toda acción era egoísta y que detrás de cada "gran" logro venía una serie de esfuerzos y logros que en su momento parecían grandiosos, majestuosos. Poco a poco el libro se llenó y ya no tuvo más espacio para más historias, entonces un día debió marcharse y dejó el libro olvidado.
La desesperación vino cuando se dio cuenta que lo había perdido, mas se calmó al darse cuenta que podía escribir más. Cuando volvió a casa, su vecino quien era un niño pequeño llegó a su encuentro, nada más que convertido en un joven mozo. Gracias, le dijo, aquí tiene, lo dejó perdido el día aquel en que se marchó. El hombre lo miró con una sonrisa en los ojos y el joven continuó: en las noches que me sentía solo, leía el libro, leía sobre los mundos inventados, sobre sonrisas de papel. De niño me entretenía con ellas, pero en cuanto pude comprenderlas supe que eran algo más que palabras.
El hombre acercó dos sillas y se dedicó a escuchar al muchacho. No sabía lo que significaba una sonrisa de papel hasta que leí la historia y me hizo sonreír, como si el libro me sonriera a mí, como si en realidad el autor sabía que sentía en aquel momento... Entonces el escritor recordó aquellas palabras: "regálame una sonrisa de papel, una palabra que demuestre que me entiendes..." El muchacho seguía hablando, pero el escritor lo paró en seco y dijo: He cumplido mi sueño. El joven lo miró anonadado. Siempre dije que quería hacer sonreír a las personas, hacerles saber que son comprendidas y que no están solas, al parecer he podido cambiar al mundo.
El jovenzuelo le miró: ¿Cambiado el mundo, cómo? A lo que el hombre respondió: Te he hecho feliz, ahora tú puedes hacer feliz a alguien más contándole historias. Tal vez en su momento escribir fue una acción egoísta que jamás creí que pudiera cambiar a alguien, pero lo acabo de comprender. Todas nuestras acciones son egoístas, pero si pueden beneficiar a alguien más entonces valen la pena. Podría ser cierto, el mundo no podría ser cambiado por un ser humano, pero si podría ser cambiado un ser humano a la vez con sonrisas aunque fueran de papel, con amor... Por primera vez notaba que las palabras que algún día parecieron sin sentido, ahora le daban sentido a la fantasía de un otro...
Entonces hoy decido regalarte una sonrisa a lo lejos, tal vez no la más blanca, tal vez no la más cálida pero una sonrisa de papel, una muy especial que puedas compartir...