Tomó sus maletas, las llenó con sus recuerdos y dejó el mundo de esa persona vacío de su existencia. Había pintado cada muro con palabras distintas, con colores en voces extrañas, secretos multicolor que a la luz del día se hacían agradables a la vista. Con sus maletas partió, rasgó el papel que cubría el interior de aquella memoria y dejó grabada en la pared el recuerdo de un hasta pronto que se convertía tácitamente en un adiós. Se iba para nunca volver y de repente, había olvidado algo, decidió no volver por aquello y se fue. Recogió una pequeña lágrima por el dolor de aquello que fue y sonrió por su recién conquistada libertad, siguió adelante y lo dejó atrás.
Al regresar a su mundo, a su sitio seguro, decidió repintar aquellas paredes abandonadas, limpió la estancia, limpió su alma y comenzó a aplicar incipientes capas de palabras de colores, creó nuevos mundos con ellas y destruyó antiguas sombras y telas de araña que no le dejaban respirar. El aire se sentía más puro y las nuevas letras en su orden daban a entender que había sanado, que los colores eran más vivos, que se había desligado de lo cruel e infame. Había tomado la decisión correcta de vivir, de dejar el miedo a su soledad atrás, pues más bien su mundo se repoblaba con nuevas sonrisas, nuevas voces creando melodías en el viento.
Ya no existían las cargas pesadas, ni tan siquiera el temor. Cada día pintaba un nuevo muro, un cielo diferente, se reinventaba y de vez en cuando recordaba alguna buena memoria y la dejaba ir. Pertenecer a aquel mundo descolorido había tenido su belleza al principio, hasta que la música amainó y todo quedó en silencio y estaba en soledad por más que ese mundo fuera compartido, gritó por ser salvada y nadie respondió, fue ahí donde donde comenzó a llevarse de a pocos sus pinturas, su voz, su tibieza. Lo que no esperaba, era que mientras había dejado su imaginación atrás, ya habían más rostros esperándola en su estancia, en su lecho y con los brazos abiertos.
Su chispa de naturalidad volvió a encenderse y su belleza volvió a la normalidad. Tendría que seguir viendo esos muros oscuros a lo lejos por algunos años más, pero no debía acercarse o adentrarse en ellos, las murallas no caen, pequeña, sólo se llenan de artilugios para causar más daño. Momentos de colores, estrellas que no dejan de brillar, estaciones que cambian según su antojo y su estado de ánimo. Predominantemente el verano de fresca brisa, a menos que atacara su demonio interno y tirara todo al suelo; sin embargo todo se reconstruía con palabras que a su vez son conducta.
Observaba aquellos muros distantes y se decía: Pensar que nuestra línea base es tan similar, que las partículas de creación son las mismas, nada más que edifiqué diferente, utilicé diferentes tonos, cambié los matices, reacomodé todo a mi manera que no es mejor ni peor, sólo distinta. Había sido diseñada para redecorar muros, minimizar el dolor con paredes acolchadas, disminuir la ira con otros colores y regalar días de sol, pintados con la pintura resbalosa y agradable de una palabra de aliento, de quitar las nubes de lluvia con las tonalidades sutiles de un "te quiero". Una artista completa, en cada gesto en cada respiración era capaz de devolver la vida.
Cada noche se va a la cama después de haber mezclado imaginación con realidad, de haber llenado algunos mundos de color, de haber abierto las puertas de su hogar a alguien más, con una sonrisa en el rostro y un pincel en las manos, dispuesto a crear nuevas ilusiones al amanecer, nuevos tonos, nuevos campos semánticos de flores en donde jugar, donde el tiempo no existe y es en sí la eternidad. Bienvenido a mi mente, un lugar donde no todo es gris y no hay a qué temerle.
Ven y déjame empaparte con pintura, déjame crear, que estoy aquí para pintar con palabras...Para darte un mundo nuevo, cualquiera es bien recibido, pero no todos permanecen aquí. Como la artista que soy, no me quedó en el mismo lugar, siempre hay un mundo nuevo para recrear...