Corrió hacia la primera habitación que encontró, estaba atrapada, su compañero de viaje se había perdido y la había dejado completamente sola en aquel lugar que le infringía tanto miedo. Días sin dormir, era imperdonable en su mente que alguien la dejara en un lugar desconocido, sin posibilidad exacta de salida. Voces distantes provenientes de la casa hablaban fuerte, contradiciéndose y afectándola. ¡Cállense por favor!-gritaba la niña, incrementando el volumen con cada segundo que pasaba, su voz aguda resonaba por las paredes, pero nada parecía callarlas ni disminuir los sables que estas disparaban a su corazón, lo arrugaban cual bolsa de papel y lentamente le hacían doler...
En aquella casa encontró un lugar dónde acurrucarse. Sus alitas del disfraz de hada estaban rotas, sentía que ya no podía volar, que ya no había magia cuando perdió su varita en algún momento cuando corría sin saber donde y no era capaz de volver sólo para buscarla, tenía miedo. Ya no podré volar, se decía mientras rompía en llanto. Su trajecito azul se llenaba de polvo, su cabello que antes había estado en un moño, se deslizaba por todas partes como las raíces de un árbol, sus mejillas rosadas tenían caminos cafés por donde las lágrimas se combinaban con el polvo y dejaban su marca.
Ojos oscuros que solían brillar cual estrellas, se presentaban opacos ante el silencio opresor y pequeños sollozos salían de su contraído pecho. Alguien sáqueme de aquí por favor, no podré aguantar más por mucho más tiempo, decía entre lágrimas, no entiendo nada, es difícil...La pequeña falda estaba hecha jirones al igual que las pantimedias y las zapatillas negras cubiertas de polvo. Una pequeña luna colgaba graciosamente de una cadena en su cuello y tenía un brazalete en su muñeca derecha, jugueteó un poco con ambas y luego irrumpió en un llanto más agudo. Lloró hasta que se quedó dormida y se dio cuenta de lo ciega que había estado y de lo poco que le agradaba la soledad, odiaba tener que escuchar sus pensamientos y como si eso fuera poco, las voces de aquel lugar.
Cuando abrió uno de sus ojos, pudo darse cuenta que alguien más estaba ahí junto a ella. Pensé que eras un cachorrito herido, dijo la otra niña que la miraba algo estupefacta, ¿qué haces en este lugar? Creí que estaba sola. La niña en traje de hada se pasaba las manos sobre sus ojos, era real, no estaba sola. Ven aquí, déjame darte un abrazo, no tengas miedo, yo también lo ocupo, también he sentido ese mismo miedo. La otra niña se acercaba despacio a la de disfraz, podemos arreglar tus alas si quieres, dime cómo te llamas. La pequeñuela de disfraz se acercó y dijo me llamo Luna y en realidad no sé si se puedan arreglar. Se sentía un tanto insensible después de traumáticos días sin dormir, hasta que sintió a la otra niñita abrazarla. Una sensación de calidez la embargó y sonrió un poco...Tal vez no saldrían pronto, pero tenía con quien hablar.
La casa dejaba de ser tan aterradora, menos aplastante, menos oscura. Aún en medio de aquel lugar tan tenebroso y de aquellas ansias de salir, podían escucharse un par de risas mientras reparaban alas, curaban raspones o hablaban de cómo habían adquirido sus cicatrices, jugaban y se tomaban de la mano si el miedo se intentaba apoderar de ellas. No sabían cuanto tiempo tardarían en salir de ahí, ni por qué, pero era un consuelo y existía una esperanza de que algún día todo fuera mejor. La otra pequeña de cabello y tez más clara no temía a los sollozos de la más pequeña, ni nunca la dejaba sola, despacito fueron limpiando el lugar y encontraron la varita de nuevo.
Las casas oscuras existen en todos lados, las lágrimas pueden venir, pero en cualquier momento y de la nada cuando pensamos estar solos, alguien puede aparecer y compartir, ayudar en esas situaciones en las que todo es un poco más pesado y se necesita repartir la carga. A veces llegan primero, a veces llegan después, pero son velas en medio de la oscuridad y alivio en medio de las tormentas. Simplemente es cuestión de curar un poco las heridas, remendar algunos harapos y remover algunas capas de polvo, proceso que toma tiempo, pero que vale la pena...Al final son los ecos de las risas y sonrisas, de miradas, de rincones soleados y santuarios que creamos los que en medio de la tormenta pueden salvarnos.
~Jamás olvidaré el eco de la primer sonrisa que te di.