miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cuando éramos niños

¿Recuerdas cuándo éramos niños y solíamos jugar juntos? Lo recuerdo como si fuera ayer, te extraño y extraño nuestros juegos... La que más recuerdo fue la vez que me enseñaste a andar en patineta y lo asustada que estaba. Era difícil para mí comenzar de cero y te llevaba cinco años, el tiempo suficiente como para que fueras mi rival; sin embargo fuiste mi primer mejor amigo...

Los recuerdos que tengo de vos son las idas a dormir a tu casa o cuando dormíamos estrujados en mi cama y nos quedábamos hablando del perro de tu vecino o de las profesoras del colegio. Nos gustaba trepar árboles y decir que esa era nuestra casa. Conociste a mi primer mejor amiga (eso fue hace casi 10 años, es mucho tiempo, ¿No crees?) y nos mostraste las malas palabras que te sabías, era increíblemente divertido.

A mis casi ocho años llegó tu compañero de sangre. Era tan chiquito que no podía jugar con nosotros. Mientras, jugábamos video juegos o me enseñabas a andar en bicicleta. Otras veces te enseñaba a leer o a bailar, no eras bueno en ello. Cuando el otro creció las cosas cambiaron.

Ya no éramos dos durmiendo en la misma cama, sino tres. Sabes, hay veces que deseo no haber crecido ni un poco, para seguir jugando y divirtiéndome como antes... Me agradaría tener un día especial en el que pudiera volver a mi pasado y sonreír ya sabes, de verdad.

Crecimos y a mis once llegó la última... Simplemente hasta los 13 fui tu compañera de juegos y de ahí en adelante no volvimos a hablar si no era para estudios o para cosas de la computadora. Empecé a temerle a las patinetas y olvidé como andar en bicicleta. Dentro de poco, quizás ya ni me saludes o ya ni te vea, en todo caso quiero que sepas que siempre serás mi hermanito y mi primer mejor amigo, el mejor que pude haber tenido.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Las dos almas

Los mismos ojos marrones de siempre se encontraban con los ojos oscuros inquisitivos de todos los días. Hola...dijo una voz femenina y sutil, me hiciste falta. Yo también te eché de menos, replicó una voz masculina acompañando sus palabras con un fuerte abrazo. Se quedaron así por un tiempo, hasta que ella comenzó a separar sus dedos de la espalda de él en señal de necesitar aire y espacio.

La misma rutina, quitarse los zapatos, entrar, saludar, correr por la casa y luego reencontrarse como niños escurridizos y reír uno mirando al otro. Esta vez no hubo risa, sino un silencio asesino que culminó en un fuerte abrazo, no comprendo, pensó ella... Se recostó y ella sobre su vientre, ¿qué tienes? Nada. Dime, sabes que me importas. No, no puedo. Cómo quieras. Una leve caricia se desplazó por la mejilla de ella y luego se extendió por su cabello...Disfrutaban esos instantes serenos, solos, en silencio, no era necesario hablar.

Ella se incorporó, y se sentó reclinada a la pared, suspiros por doquier. La otra alma movió su cuerpo y posó su cabeza sobre las piernas de la otra. Las pequeñas manos artísticas se desplazaron por las ondas marrones y suaves, luego bajaron a su nariz y finalmente a sus mejillas, era un cuadro tierno. La mirada maternal de ella se posaba en los ojos cerrados de él, ¿qué tienes pequeño? se preguntaba a sí misma.

Ese leve roce de los cuerpos, aquel contacto que hacía que el mundo se detuviera y al menos entre ellos olvidaran los problemas, era su santuario personal, su refugio. No quiero dejarte ir. Se sentó al lado de ella, sostuvo su mano y sobre el hombro de ella reposaba la cabeza de él, ¿tiempo detenido? No. El tiempo seguía su curso, ellos simplemente habían perdido su noción. Un corto momento y estaban de pie, frente a la ventana, ella miraba hacia el pasto, él la sostenía en sus brazos fuertemente como siempre.

Se hace tarde, debo irme. ¿Prometes que...? Sí, prometo perdonarte, no podemos alejarnos mucho, ¿no? La cantarina risa de ella se dispersó por la cochera. Vete, te llamaré luego. Déjame ir en ese caso. No, quiero cinco minutos más. Puedo visitarte otro día, ¿no crees? Sólo déjame abrazarte un rato más... Miró sus ojos, los ojos que por lo general eran hermosos y radiantes hoy eran profundos, graves y tristes. Lo lamento. Yo también lo lamento. Los ojos de ella, comprensivos ante la seriedad de los de su amigo decidieron cerrarse los últimos segundos de su abrazo. Sin palabras, un contrato tácito se firmaba... Una puerta se cerraba acompañada de un suspiro, una joven caminaba por la calle, lentamente se fundían esas dos almas...

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cortinas negras

¿Qué pasaría si decidiera dejarlo todo así y partir? Eso pensaba el muchacho al mirar a sus dos amigos abrazados, sin decir nada. Par de lentos, se decía hacia sus adentros. Él sabía cuanto ella quería al chico y por cuanto tiempo; aún así no sabía por qué lo callaba. Oye...¿tienes algo?- dijo la chica con tono preocupado. No, tranquila, mira me voy, ocupo hacer un par de cosas en casa- decía a la vez que le guiñaba un ojo. El otro muchacho abrió la puerta y le dijo adiós mientras abrazaba a la chica.

Llegó a su casa, a pocos metros de la otra. Sumido en la depresión pensaba qué sería si de verdad esta noche terminara todo...Si el fondo negro se apoderara de todo por fin. En eso apareció la imagen de su novia abrazando a su madre y a su hermana, aquella chica morena mirándolo sin explicaciones, llorando a mares. Su madre, pensando en lo que había hecho mal y su hermana extrañándolo de por vida...

Luego recordó el rostro sonriente de su mejor amiga, la chica con la que acababa de estar, el cabello cayéndole en el rostro al igual que las lágrimas que tomaban el lugar de su dulce sonrisa, luego la voz del otro joven diciéndole: ya se fue, ya no puedes hacer nada. La abrazaba, él deseaba saber qué sucedía, mas ya no podía.

Secó las lágrimas de sus ojos y se puso a escribir varias cartas. La primera iba dirigida a su mamá y su hermana, les explicaba sus motivos y cuánto las amaba. La segunda a su novia, y todo lo que sentía por ella. En una carta corta le puso a su mejor amiga que era el mejor apoyo que había tenido y al otro chico que seriamente ella lo amaba, que no fuera tonto. Sin miedo y dispuesto a hacerlo hasta que escuchó golpes en la puerta.

Estaba a punto, en eso escuchó gritos femeninos y luego pasos dentro de la casa. Ya estoy aquí, no lo hagas, por favor. Miró hacia arriba y eran aquellos ojos serios y melancólicos, la cabellera oscura. Luego ese abrazo fuerte de ella y la voz severa del otro: me insistió hasta que la dejé venir, hizo lo correcto.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Demasiado tarde

Hola,¿cómo estás? ¿Me recuerdas? ¿No? Ah, hasta luego... Colgó el teléfono y se quedó en la oscuridad de la cocina y su frío silencio. Lentamente, comenzó a caminar hacia su habitación y un leve escalofrío recorrió su espalda. Recordó entonces cómo en noches como aquella solían hablar hasta tarde, reír hasta más no poder o simplemente callar... Ahora lo que quedaba era un vago recuerdo, un soplo de lo que fue, una separación...

Siempre comienza con un saludo o con algún gusto en común; luego con pequeños pasos se va tanteando el terreno y se comienza a conocer al otro, pensó. ¿Y esto para qué?, solía preguntarse... Inicia, se desarrolla y como todo, llega a un final. Este final llegó de a poco, entre tardes de verano y tardes de otoño, un adiós tácito se escribió.

Me hacías sonreír, se dijo, a veces confié en vos y otras vos en mí; pero el pegamento que une a los humanos es muy débil y de pronto miras la imagen y muchos ya no están. Decía esto mientras metía las piernas bajo las sábanas. Solía extrañarlo, en especial cuando tenía ganas de contarle algo o por el simple placer de hablar pero conforme pasaba el tiempo se lavó la voluntad.

Muchas veces deseó reclamar, mas nunca le fue posible. Al tiempo dejó de hablar y desde entonces se fue volviendo diferente, el otro, por más semanas que pasaban, por más mensajes en su contestador,jamás volvió. Lentamente el cariño que le profesaba se volvió indiferencia... Le dijo una vez que no quería perderle,sin embargo ¿cómo perder algo que no pertenece?

Miró una vieja fotografía y bonitas memorias vinieron a su mente. Las sonrisas cómplices aparecieron de nuevo, en todo caso se habían vuelto sombras indeseables. Momentos convertidos en fantasmas, en cierta forma, todo esto estaba bien. El ciclo se había cerrado, el fin estaba completo.

Nadie puede ser forzado a conocer a otro, nadie debe compartirse si no es su deseo, así como tampoco es obligatorio querer... Lo lamento. Sus ideas se revolvían aún más y una lágrima rodó... Ya no puedo llamarte amigo, esa fue su conclusión. Te volviste un extraño ante mí, ni una sonrisa eres capaz de dirigirme.

Aquella noche quemó sus promesas, dejó atrás su afecto. Meses más tarde lo encontró en el aeropuerto. ¡Hola! ¿Me recuerdas, tu viejo amigo? Lo miró con un poco de desconcierto y timidez, que fue reemplazado por picardía y altanería: Ah, ¿usted fue mi amigo verdad? Sí lo fui, ¿abrazo? Lo lamento, usted me dejó ahogar y ese título se fue junto con el aprecio. Nunca quise que eso pasara, peque. Es tarde, debo abordar, adiós.

El desconcierto se adueñó de la mirada de aquel a quien nadie le había importado, pero esta fría despedida le hizo reaccionar. Se había marchado sin avisar, y ni cuenta se había dado que le había descuidado desde hace mucho, de lo mucho que le necesitó. Las ultimas palabras pronunciadas tocaron fondo y al repetirlas, un nudo en la garganta de implantó. Siempre me importaste, gimió. Demasiado tarde esta vez...

domingo, 24 de octubre de 2010

Olvidos

Odiaba el sonido que hacían aquellas cuatro sílabas en su mente, sílabas que eran navajas ante sus deseos, les cortaban las alas y quedaban tendidos en el piso cual aves muertas. Olvidame, se repetía en su mente. La palabrilla no dejaba de atormentarle, no le dejaba pensar en paz. Siempre había odiado aquel conjunto de letras con sentido devastador. Nunca le había pedido a nadie que le olvidase por la misma razón. El olvido no era otra cosa que el asesinato silencioso de alguien o algo muchas veces sin necesidad...

Pensaba que existían varios tipos de olvidos: aquel que pasaba inconscientemente, como con los amigos que dejan de verse por mucho tiempo, olvido momentáneo como cuando iba al refrigerador y no recordaba lo que necesitaba; mas el olvido que duele, el que en verdad le molestaba, era el inducido por esas palabras y por la acción que proponía el corazón para deshacerse del recuerdo de aquella persona.

Marchaba por la calle en esa noche solitaria de noviembre. Los faroles estaban apagados y silenciosos como todo lo que le rodeaba, lo único que lograba escuchar era el eco de sus pensamientos y el latido enfurecido de su corazón al correr salvajemente en un afán de callar a su mente impetuosa. No podía, no debía, dejar de recordar esa voz, ese rostro que tantas veces miró y la forma de caminar de aquel ser. Trataba de borrar la imagen con letras, con imágenes, sin embargo nada lograba el efecto deseado.

No se dio cuenta de lo alto del volumen en el reproductor y unas cuantas gotas de lluvia que caían del cielo a sus gélidas mejillas. Era muy tarde como para volver y decir todo lo que deseaba decir y muy temprano como para romper un lazo recién iniciado. Decidió callar por esa vez y continuó a caminar...

Se sentó a descansar y reflexionar un poco, mientras miraba el cielo. No es posible que todo esto sea pasajero- se dijo- así como lo único constante en este universo es el cambio, tal vez esto también para mañana no esté. De repente unos pasos interrumpieron sus pensamientos... Hola, espero que pueda sentarme acá si no te molesta...

domingo, 17 de octubre de 2010

Polvo de estrellas

La noche caía sobre la ciudad en silencio. Caminaba lento, sin esperar la respuesta de nadie a sus llamados, hacía mucho tiempo ya que había dejado de hablar y quizás también de sonreír. Meses de ausencia ante su persona, tiempo atrás había dejado de escucharse, harta de callarse, decidio no escuchar más. Seguía la vida día a día, tratando de rellenarla con tareas inútiles, privando a los vacíos de su existencia, reduciendo inmensidades en mínimas teorías que la hicieran sentir que tenía razón...

Durante un tiempo creyó haber vuelto a la "vida", pero como todo, descubrió que era una simple ilusión, un poco de vaguedad cruzó su mente y se dijo: bah, tonterías, la existencia se resume ala simplicidad de interés y circunstancias, nada más. Parecía haber perdido toda esperanza, todo brillo, todo aquel ímpetu que solía caracterizarla. La ternura de su rostro parecía haberse marchado junto con los últimos retazos de un pasado de cristal. Una media sonrisa se dibujó en su rostro, un ser conocido apareció en escena.

¡Hola! Te he estado esperando, pronunció en voz baja la silueta masculina. Lamento haber llegado tarde como siempre, respondió la joven con mucha seriedad. Había pasado mucho tiempo desde que este se había marchado y la había dejado ahí, en el mismo lugar de siempre, claro que en vez de la pequeña nena que había visto llorar al marcharse en el avión, tenia al frente una adolescente que miraba al piso y temblaba de frío.

Corrió a su lado y le dio un abrazo. Tanto tiempo había soñado con ese abrazo, con el momento en que lo volviera a ver. Lágrimas de alegría bajaban por las mejillas congeladas de ambos y ella no le reclamaba si no que simplemente le decía: Por fin has vuelto...Recuerdas-dijo el hombre- que cuando eras pequeña te llevaba al jardín a mirar las estrellas. Ella asintió con la cabeza. Varias veces te dije que somos parte del universo y que estamos hecho de polvo de estrellas, recuerdo habertelo dicho en mas de una vez. Ciertamente el tiempo me ha cambiado, dijo ella en un susurro, creo que me perdí.

No te has perdido, lo años no pasan en balde, mocosa. Pronto, pronto volverás a creer, ahora las cosas han cambiado para ti, solamente es cuestión de tiempo. No lo se, lo único que deseo es volver a enorgullecer al universo, a ser de polvo de estrellas...

domingo, 22 de agosto de 2010

La caja de marcadores

Típica tarde de agosto. La lluvia se esbozaba en el horizonte y amenazaba con caerle a la gente que caminaba apresuradamente por la abarrotada calle. De nuevo no traía su paraguas y trataba de no preocuparse por el aguacero que le descendía encima, pero el agua comenzaba a traspasar insistentemente su camisa negra y ahora sí se preocupaba por los libros que llevaba en las manos. Se refugió en un café a esperar que al menos la lluvia amainara un poco y aunque era un poco tarde, nunca lo era para una taza de café...
Sentado, miraba a la gente pasar, miraba la hora en el reloj. ¿Qué caso tenía? No tenía que llegar a ninguna parte esa noche. Seis y quince, escuchó a un hombre decirle a una joven en la calle. La chica iba completamente empapada y aún así, sonreía. Sintió un poco de envidia, no era envidia realmente, pero no había otra palabra para describirlo. Ciertamente el café sabía mejor en compañía de alguien más, endulzado con risas o silencios de aquellos que hablan por sí mismos; esta vez la bebida sería placentera y solitaria...Sería como un viejo amigo que con una sonrisa y un abrazo calma el frío del alma...
Por lo general nunca había odiado los días grises, sin razón alguna parecía despreciar este día. Recuerdos comenzaron a aflorar cuando el olor de la caliente bebida penetró su nariz, infancia, adolescencia... Esperaba, algo incierto esperaba. Una voz que le pareció familiar le hizo voltear, pero sólo fue un fantasma de una risa pasada, una vaga carcajada que se perdió en medio de las voces de los presentes. Comienzo a alucinar, se dijo a sí mismo.
De repente la lluvia cesó y se dispuso a caminar. Se levantó y se marchó. Era un poco despistado y sabía que algo le hacía falta, puesto que le parecía no llevar tanto peso como cuando se sentó en aquel lugar. Seguía pensando y revolviendo aún más su arremolinada mente. Desearía una caja de marcadores mágicos, suspiró, para pintar un poco este descolorido día.¡Espere! ¡Hey espere! ¡Rayos, camina muy rápido!
Jamás pensó que aquellas palabras iban dirigidas a él, pero cuando sintió una respiración agitada detrás de él, supo que todos aquellos gritos eran para él. Disculpe, se le olvidó... Ambos quedaron en silencio, ya que se conocían de antes y tal vez un simple olvido había hecho que volviesen a verse. Hola. Hola, al parecer sigues siendo un olvidadizo; dejaste estos libros en el café, me has hecho correr.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de la muchacha con los libros en la mano y un nudo en la garganta se creó en el tipo. Tanto tiempo, ¿no? Has cambiado mucho, no te reconocí allá. ¿Por qué no me respondes? Vamos, no estoy tan genial, dijo ella mientras soltaba una rítmica carcajada. Perdón, respondió. No tengo nada que perdonarte, nunca te reproché nada. Una chispa se asomó en sus ojos y compartió una sonrisa. Gracias. No, de verdad, gracias a ti, corrí como hace años no lo hacía.

En silencio se dio media vuelta y deseó seguir... ¡Oye! De nuevo su mirada se encontró con la de la sonriente chica. ¿Podrías telefonearme alguna vez, ya que no contestas nunca? Extraño salir contigo. El nudo en su garganta se deshizo y por fin articuló: Está bien, ¿el número de siempre? Te llamo luego, lo prometo. Ella rió y dijo: Perfecto, espero tu llamada, esta vez cumple o tendré que darte una lección. Le guiñó el ojo y se marchó de la misma manera que lo recordaba, entre pasos cortos y apresurados y cierta forma extraña de danza...
Aquella plática había sido suficiente para cambiar su día. Había sido la caja de marcadores que había deseado momentos atrás y que finalmente había agregado un poco de color a su día. Se descubrió sonriendo por primera vez en semanas y sintió que por fin un poco de sí mismo había vuelto a estar como debía, parte de su mundo ya no estaba cabeza abajo. ¿Una caja de marcadores? Se repetía en silencio... Definitivamente cierta gente siempre lo sería...